lunes, 27 de marzo de 2017

JESÚS EN EL HUERTO DE LS LIVAS DE MÁLAGA

NUESTRO PADRE JESÚS ORANDO EN EL HUERTO

 Pontificia, Muy Ilustre y Venerable Archicofradía Sacramental y Seráfica, de Nuestro Padre Jesús Orando en el Huerto, Nuestra Señora de la Concepción, San Juan Evangelista y Nuestra Señora de la Oliva.

El Señor es del escultor malagueño Fernando Ortiz (1757), restaurado en 2005 por Manuel Carmona quién le realizó un nuevo cuerpo (copia del desaparecido en el 31). El Ángel es de Antonio Castillo Lastrucci (1940).


 Representa el momento en el que Jesús reza en el huerto de los olivos tras la última cena y en la que dándose cuenta de su futuro, desprende sudor que se convierte en sangre; en la escena el Señor dialoga con el ángel que es enviado por Dios.

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 El rostro, de tipo alargado, es especialmente hermoso. Las facciones se hallan esculpidas a base de golpes de gubia limpios y vigorosos, que señalan superficies y claroscuros de gran plasticidad. La talla de la barba en poblados y sinuosos mechones, contrasta con el efecto pictórico de la perilla y bigote. La boca entreabierta y la dirección de la mirada se alinean con los intereses persuasivos del barroco.

 Todos los entendidos en la materia coinciden en señalar la Imagen de Nuestro Padre Jesús Orando en el Huerto como una de las producciones destacadas de la obra de Ortiz, por la gran calidad y las técnicas empleadas en la ejecución.



 Su talento natural logró representar en el rostro del Titular el sentido trágico de la escena vivida en tierras de Getsemaní hace dos mil años.

 La expresión de tristeza contenida que emanan sus ojos, la aflicción del semblante, los rasgos semíticos, la hebrea barba partida en dos y la perfección de sus manos elevadas en actitud suplicante, son solo algunos de los conmovedores detalles de la portentosa talla que consigue emocionar a todo aquel que la contempla



 Los largos cabellos culminados en las ondas de sus tirabuzones sellan su impronta barroca, la cual, ha perdurado hasta nuestros días, resistiendo incluso las leyes del monarca Carlos III, quien durante su reinado prohibió que las imágenes de la época lucieran postizos.


 En el siglo XVIII era habitual que los Cristos lucieran bellas pelucas, a imitación de las que llevaban la nobleza y los monarcas europeos de esta centuria, constituyendo un símbolo de la realeza y majestad de Jesús.

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