¡REO ES DE MUERTE!
Hace ya varios días que han dado esta sentencia contra
Jesús. Pero necesitan vestirla de alguna forma legal y darle apariencia
de justicia.
Se reúnen, pues, apresuradamente, nerviosamente, muy
entrada la noche del Jueves Santo, los Sacerdotes, los Escribas,
los Ancianos que componen el Gran Consejo de Israel, presididos
por Caifás, el Pontífice Supremo de aquel año, enemigo jurado de
Jesús Nazareno, el que había dado a los judíos este consejo:
«Conviene que muera un solo hombre por el pueblo.»
Sentados sobre almohadones en un amplio semicírculo,
aguardan la llegada del famoso reo. Sus ojos relampagueantes de
satisfacción advierten algunos puestos vacíos.
Faltan Nicodemo,
José de Arimatea y algún otro tal vez, que no quieren consentir en
la iniquidad ni tienen valor para oponerse a los inicuos.
Eso no
importa. Los presentes se bastan para ratificar con más cara de
legalidad un decreto de homicidio firmado ya en sus corazones.
De pie, con las manos atadas, la cabeza descubierta y en
silencio noble, Jesús comparece ante aquellos hombres sentados,
a quienes tantas veces había hecho callar y bajar la cabeza.
Deseosos de terminar el proceso y la ejecución para antes del
sábado, el gran día de la Pascua, han pagado algunos testigos que
vengan a deponer contra el Galileo.
Y vienen muchos, y unos le acusan de una cosa, otros de
otra, pero no se entienden, no han tenido tiempo de muñir acertadamente
la calumnia; deshace el segundo lo que ha dicho el
primero; no hay manera de cohonestar una sentencia de muerte...
Jesús calla.
No necesita defenderse cuando las acusaciones
mutuamente se destruyen. Tiene los ojos bajos, la presencia majestuosa.
Cuanto más inocente aparece la víctima, es mayor el
encono y la rabia del verdugo porque es mayor su derrota.
Caifás
se revuelve en su asiento, ve que nada ha conseguido, ve que
pierde un tiempo precioso, no puede contenerse, se levanta y lanza
una voz:
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—¿Nada respondes? ¿Qué es lo que éstos testifican
contra ti?
Jesús callaba y nada respondía.
¿Qué iba a decir a los que ya le han condenado antes de
oírle?
Entonces Caifás tomando la entonación augusta de Sumo
Sacerdote y usando de su autoridad de Juez y de la fórmula con
que pedían juramento de alguna confesión, le dijo:
—Por Dios vivo te conjuro que nos digas si tú eres el
Ungido, el Hijo de Dios (¡que sea bendito!)
¡Tremendo momento, en que un hombrecillo con tanta arrogancia,
como si fuese el personaje más venerado de la tierra, y en
nombre de Dios, tomaba cuentas al mismo Hijo de Dios, de si era o
no el Cristo y el Hijo de Dios!
Yo creo que en aquel instante se haría un silencio anhelante
en toda la sala. Todos tendrían los oídos atentos, las bocas entreabiertas,
los ojos clavados en el rostro de aquel preso que tenían delante.
Jesús levanta sus miradas al Presidente del pueblo judío. Le
ha conjurado en nombre de Dios vivo. Al Dios que vive y vivirá eternamente,
al Dios que vive en todos nosotros, que vive también en
aquel Tribunal perverso, al Dios que es su Padre natural no puede
negarse Jesús: ¡tiene que decir la verdad, aunque sabe que ha de
costarle la vida!
Con la sencillez sublime de la verdad, responde:
—Tú lo has dicho. Yo lo soy.
Y después, recorriendo serenamente con su mirada todo el
círculo de los que le juzgan, penetrando en las negruras de sus
almas y conociendo la sentencia que él mismo ha de pronunciar
sobre cada uno de ellos en el Gran Día, añade con augusta
majestad, atado como estaba:
—En verdad os digo, que dentro de poco veréis al Hijo del
Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y que viene en
las nubes del cielo.
Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
—Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
Vosotros mismos habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?
Y respondieron todos, diciendo:
—¡Reo es de muerte!
Reo de muerte el autor de la vida, blasfemo el Hijo de Dios;
así juzga el mundo.
Fuente: El Drama de Jesus.
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