jueves, 12 de mayo de 2022

TODO HA TERMINADO


  «¡PADRE!»

 No es solamente la ausencia de los amigos por quienes muere; no es solamente la presencia de la madre a quien ha despedido ya; no es solamente el dolor encendido en todo el cuerpo; es una abrumadora soledad de Dios la que siente Jesús en su alma, hasta el punto de rasgar el silencio de aquellas tinieblas del mediodía con estas palabras: 

—Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 


 Profundo misterio encierran estas palabras, solo explicable en aquel profundo amor de Jesús a los hombres, que no se saciaba sino en el sumo dolor. 

Nuestra inteligencia no acierta a hermanar la horrible angustia contenida en este desamparo con la bienaventuranza que reinaba en el alma de Jesús. Se siente desamparado por su Padre en los tormentos del cuerpo y en la desolación del alma. Y quiere que nosotros conozcamos y veneremos ese sublime abandono.



 Se siente desamparado por su Padre en medio de los martirios que le causan los hombres. Desde lo alto de la Cruz, la mirada de su espíritu recorre todos los días y noches de todos los siglos, y ve el enjambre innumerable y horroroso de todos los pecados que gravitan sobre él. Y ve, uno por uno, a los blasfemos, a los lujuriosos, a los avaros, a los glotones, a los vengativos, a los inútiles... me ve a mí. 

Y ve el misterio magno escondido hasta entonces en los secretos de Dios. El misterio de que él, Jesucristo, y nosotros, los pecadores, formamos un solo Cristo místico. Y él, que no conocía el pecado, toma sobre sí todos nuestros pecados, se hace víctima de nuestros pecados, sufre el abandono de Dios y la vergüenza ante Dios que nosotros merecíamos 




En esta terrible noche oscura, ruega a su Padre con el salmo profético cuyas primeras palabras ha pronunciado en voz alta: 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza.

 En ti confiaban nuestros padres, confiaban, y los ponías a salvo; a ti gritaban, y no los defraudaste. Pero yo soy un gusano, no un hombre; vergüenza de la gente, desprecio del pueblo; al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor; que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto le quiere.»

 Estoy como agua derramada; tengo los huesos descoyuntados; mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas.

 Mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar; me aprietas contra el polvo de la muerte. 

 Me acorrala una jauría de mastines; me cerca una banda de malhechores: me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Ellos me miran triunfantes, se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. 

Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme... Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. 



EL FIN 




La sangre de las cuatro heridas gotea en tierra. La cabeza se ha doblado por el dolor del cuello; los ojos, aquellos ojos mortales a que se había asomado Dios para mirar a la tierra, están vidriados por la agonía; y los labios, temblorosos por el llanto, resecados por la sed, contraídos por la afanosa respiración, parecen mostrar los efectos del último beso, el beso traidor de Judas.

 Así muere Jesús Nazareno. 



Ha cerrado las llagas, y han llagado su cuerpo santo. Ha perdonado a los malhechores, y le han clavado entre malhechores como el mayor malhechor. Ha amado infinitamente a todos los hombres, incluso a aquellos que no merecían su amor, y el odio le ha clavado aquí donde el odio es castigado y castiga. Ha sido justo como la justicia y se ha consumado en su daño la injusticia más dolorosa. Ha ofrecido santidad a los hombres envilecidos, y sucumbe a manos de los envilecedores. Ha traído la vida, y le dan la muerte. Ha dicho: «Venid a mí todos», y todos le huyen. 

Todo lo soporta, todo lo calla. Sólo de un martirio se queja piadosamente en esta hora, un martirio que compendia todos los martirios de su cuerpo y de su alma: 

Sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, para que se cumpliese la Escritura, dijo: Tengo sed!



 Aquel que vino al mundo para saciar la sed ajena y dejará en el mundo una fuente de vida que nunca se ha de secar, donde los  cansados encuentran fuerza, los corrompidos juventud, los turbados serenidad, ha sufrido a lo largo de su vida una sed de amor jamás satisfecha, y ahora agoniza abrasado de una sed de vehemencia infinita. 



La sed del herido que pierde la sangre. La sed de un poquito de aquellas aguas frescas de Nazaret, pintadas a lo vivo por la imaginación calenturienta. Una sed mucho mayor que la que sentía cuando volvía de niño a casa, y decía e su madre, que le miraba arrobada mientras le acercaba el cántaro recién traído de la fuente: —Madre, tengo sed. 

Y su madre esta ahora al pie de la Cruz; oye la queja y no le puede dar ni una gota de agua. Y ve que un soldado le acerca a los labios, secos y llagados, una esponja empapada en hiel y vinagre... Es lo último que Jesús tiene que agradecernos antes de morir. 



El soldado no considera lo que hace, pero ya se ha cumplido aquella Escritura que dice: «En mi sed me dieron a beber vinagre». Era normal que los crucificadores romanos tuviesen a punto esponja y calderillo con vinagre. 

Tal era el desinfectante casero que empleaban para las heridas. Y sabían que éstas se las podían causar ellos mismos con sus clavos y martillos, cuando los ejecutados se revolviesen con fuerzas titánicas al sentir los primeros dolores de la crucifixión. 



Parece que Jesús esperaba este pequeño pormenor del vinagre en sus labios para proclamar cumplido todo el programa que el Padre le marcó cuando lo ungió como redentor de los hombres: nacer pobre; ser perseguido desde niño; vivir treinta años en obediencia y trabajo; predicar el Reino de Dios a un pueblo desagradecido; escoger un grupo de amigos que perpetúe su obra; ser traicionado por uno de esos amigos; ser azotado, escupido, crucificado, abrasarse de sed y recibir vinagre... Sólo faltaba esto. Ya se lo han dado: ya nada falta. 

Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: 

—Está cumplido. Luego clamó con voz potente: 

—Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. E inclinando la cabeza, expiró. 

 El Centurión que estaba frente a la Cruz, al verle expirar con aquel gran clamor, daba gloria a Dios, diciendo: 

—Realmente, este hombre era justo. 



Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; y la tierra tembló; y las rocas se hendieron; y las tumbas se abrieron; y muchos cuerpos de los santos ya muertos resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. 

El Centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se aterrorizaron y dijeron: —Realmente éste era Hijo de Dios. Y toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvían, dándose golpes de pecho. 

Así triunfa Jesús. Todo está cumplido: ha podido decir a su Padre antes de confiarle su alma. Padre, tú quisiste que yo naciera en una cueva: lo he cumplido. Tú quisiste que yo trabajara en un taller de obrero: lo he cumplido. Tú quisiste que yo revelara la doctrina nueva durante tres años: lo he cumplido. Tú quisiste que yo padeciera diecisiete horas de Pasión amarguísima: lo he cumplido. Ahora, Padre mío, deposito mi alma en tus manos, para volverla a tomar dentro de tres días.




 Y entregó su alma. La entregó porque quiso: los tormentos bastaban para quitarle la vida; pero él bastaba para impedir la acción de los tormentos. Y así ha prolongado su vida milagrosamente en medio de suplicios que debían haberle agotado mucho antes. 

Cuando quiso, la entregó por la salvación de los hombres, mientras la naturaleza se estremecía y los sepulcros se abrían. 

¡Obra estupenda del amor divino! «Esta es —dice San Juan Crisóstomo— la primera razón de la Pasión: que quiso Dios que se supiese cuanto amaba a los hombres el que más quiere ser amado que temido.» 



Y el cristianísimo San Pablo escribe extasiado: «Me amó, y se entregó por mí.» 

 Y el mismo Señor Nuestro Jesucristo puede afirmar generosamente: «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó su Hijo Unigénito». 

¿Qué valen junto a este Señor crucificado todos los demás argumentos para servir a Dios? Bien decía aquel Santo: 

Aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera... Aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera. 



Fuenta. El Drama de Jesus de J L Martinez S.J


sábado, 7 de mayo de 2022

HIJO ¡HE AHÍ A TU MADRE!

 ¡HE AHÍ A TU MADRE! 




La respiración de Jesús se hace cada vez mas trabajosa.

 Dilátasele el pecho por beber un poco más de aire, la cabeza le martillea por las heridas; el Corazón le late acelerado, vehemente, como si quisiera escapársele, la fiebre ardorosa de los crucificados le quema el cuerpo, sujeto a dos palos con cuatro hierro; aquel cuerpo que tantas veces ha sufrido a fuerza de contener un alma demasiado grande, y que es ahora una hoguera de dolor, en la que arden al mismo tiempo todos los dolores del mundo. 



Quiso Dios que la Naturaleza mostrase estupor por la muerte de su Hijo muy amado, y en pleno día, «el sol se oscureció y las tinieblas se extendieron por toda la región y duraron hasta las tres de la tarde».

 Muchos, atemorizados por la invasión de aquellas tinieblas, huyen del monte a sus casas. 

Quedan algo más solitarios los alrededores de la cruz. Jesús saborea el terrible abandono. Todos están lejos de él: los compañeros de los caminos felices, los confidentes de sus bondades, los 409 pobres que le miran con amor, los niños que ofrecían la cabeza a sus caricias, los curados que le seguían agradecidos, los discípulos que le habían prometido no abandonarle nunca... 


Pero todos, no. Un grupo de amantes estaba lejos y ahora se acerca a la cruz. Son el discípulo Juan y algunas mujeres, entre las cuales está la madre de Jesús. «Ella no me abandona», piensa el divino Mártir, al sentirla junto a sí. 




María dolorosa a los pies de Jesús crucificado no es sólo la madre que sufre inmensamente los dolores y la muerte del Hijo santo: es la madre del Redentor, que asiste consciente y voluntaria al gran sacrificio de nuestra reconciliación; es la madre del Sacerdote, que, en una sublime conformidad con el querer divino, ofrece espiritualmente y en expiación de nuestros pecados la Víctima que ella misma dio a luz y alimentó y preparó cuidadosamente; es la Virgen María que siente ahora los dolores de una maternidad espiritual e inefable, cuando nacen los nuevos hermanos de Jesús, los redimidos con su sangre. 

En Adán por Eva, todos pecamos y morimos; en Jesús por María, todos somos santificados y vivimos. María está de pie junto a la cruz de Jesús. De pie, en un martirio del alma y en una conformidad insuperable: «Vosotros los que pasáis por el camino, atended y mirad si hay dolor comparable a mi dolor.» 

De pie esta la Mujer fuerte, mientas los hombres han huido. De pie nuestra Mediadora, junto a nuestro Salvador. De pie nuestra Corredentora, junto a nuestro Redentor. De pie nuestra Madre en la gracia, junto al Autor de la gracia. 



Quiere Jesús que esta realidad de María, madre de todos los cristianos, realidad existente desde el momento en que fue hecha madre del que es cabeza de todos los cristianos, quede solemnemente proclamada en este instante supremo, y conservada en las palabras escritas por el único discípulo que estaba allí presente y que entonces representaba a todos los redimidos: 

 Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dice a su madre: —Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: —Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.




 ¡Oh madre de Jesús, hecha madre de Juan; madre de Dios hecha madre de los hombres; madre del Santo hecha madre de los pecadores! Por ti se salvan todos tos que se salvan. Ninguno se condena de los que acuden a ti. Más quisiera estar sin vida que sin amor a ti, madre mía, esperanza mía.

Fuente: El Drama de Jesús de J.L. Martínez S,J.

jueves, 5 de mayo de 2022

JESÚS PUESTO EN LA CRUZ

  PADRE, PERDÓNALES 

Pronto terminará el último acto de la tragedia divina. Llega el cortejo al Calvario, pequeño montecillo a las afueras de Jerusalén. Se echan los patíbulos en el suelo. 

El rostro de Jesús esta húmedo de frío sudor. 

 Los golpes de los maderos al caer, los gritos de la gente, los mandatos del Centurión parecen martillearle las sienes.



 El sol, que tanto le agradaba, imagen del Padre, justo aun con los injustos, ahora le deslumbra y le quema los párpados. Siente por todo su cuerpo una languidez, un temblor, un deseo de descanso al que toda su alma se resiste —¿no ha prometido padecer hasta lo último, cuanto sea necesario?—, y al mismo tiempo le parece amar con más desgarradora ternura a los que deja, incluso a los que trabajaron por su muerte.

 En esto, unas mujeres de Jerusalén, que solían hacer esta gracia a los reos, se adelantan y le ofrecen una bebida con el fin de aletargar los sentidos y aliviar los dolores de la cruz. 



Jesús toma el vaso y lo gusta un poquito, para mostrar su gratitud; pero no lo quiere beber. Padece y muere con todo su conocimiento y reflexión. Sería indigno del Hijo de Dios tomar bebidas que adormezcan los sentidos.

 Le mandan que se desnude, y él obedece. Dolor imponderable para una naturaleza tan idealmente pura como aquélla. 

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: —No la rasguemos, sino echemos a suertes a ver a quién le toca. 

Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica.» Esto hicieron los soldados. 

Le mandan que se tienda en el patíbulo, pues desde que han suprimido el sedil, los crucifican echados en tierra, y él obedece. 




Le cogen la mano derecha, y él no la retira, y extiende también la izquierda. 

Las manos que curaron a los leprosos y acariciaron los cabellos de los niños están ahora bajo la punta de un clavo largo de ancha cabeza. Un verdugo fuerte lo sostiene con la izquierda, mientras enarbola un pesado martillo con la derecha. Da un golpe y la carne queda atravesada; luego otro y otro. El clavo va desapareciendo en la mano y en la madera. Y Jesús sabe  que su madre, que ha subido al monte con el discípulo Juan y otras piadosas mujeres, está oyendo aquellos martillazos... 

Con el mismo rito escalofriante le clavan la mano izquierda.




 Después, mediante cuerdas y escaleras, sujetan el patíbulo, con el cuerpo pendiente, a la parte alta del mástil, y clavan los pies en la parte baja. Es dolor atrocísimo, un dolor de tendones y nervios que se rompen, que se encogen, que se agarrotan. La muchedumbre calla con la esperanza de oír los alaridos de los ajusticiados... 

Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecho y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban meneando la cabeza y diciendo:

 —Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. 




Lo mismo los sumos sacerdotes con los letrados y los notables se burlaban diciendo: —A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y le creeremos. 

Ha confiado en Dios: que Dios lo libre ahora si tanto lo quiere, ya que ha dicho que es Hijo de Dios. Incluso los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban, diciendo:

 —¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros. 

Todo lo oye Jesús Nazareno, y sus ojos se levantan y del fondo de su alma inocente, como canto de victoria sobre la carne dolorida, brotan las palabras que jamás olvidaremos: 

—¡Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen! 

Ninguna plegaria más divina que ésta se elevó a los cielos desde que hay hombres y oran. Pide perdón para los que le matan; y los excusa: No saben lo que hacen. Saben que matan a un inocente; no saben que este inocente es Dios. Y aunque no lo saben por culpa propia, por ceguera voluntaria, Jesús ruega por ellos, cumpliendo lo que enseñó: —Haced bien a los que os hacen mal. 

Ha sido la primera palabra de Jesús agonizante. Pronunciará otras seis, marcadas todas con una elevación y una dulzura infinitas. Estas siete palabras terminan la vida mortal de Jesús, como las ocho bienaventuranzas la habían comenzado con la revelación de una grandeza que no es de la tierra. 




Las siete palabras son la traducción sangrienta de las ocho bienaventuranzas. Jesús había comenzado por enseñarlas al mundo; muere practicándolas. Para levantar nuestras almas hasta esa altura, sube él primero. Pone sus labios en este cáliz de dolor y de amor; apura su amargo encanto hasta las heces. Tras él vendrán los enloquecidos con la misma divina locura, los Santos, que le dirán: ¡O padecer o morir! ¡Morir, no; padecer! 



 HOY MISMO 

Uno de los ladrones, cuando oye las santas palabras del Nazareno: ¡Padre, perdónales!, se calla de pronto. Aquella oración nunca oída le recuerda la edad en que era inocente y también él rezaba a Dios. Piensa luego en toda su vida de pecados, la compara con la santidad del Nazareno, y se siente acusador de sí mismo y defensor de Jesús. 

Vuélvese hacia su compañero que sigue blasfemando, y le dice: 

 —¿Ni siquiera temes tú a Dios, cuando estás para morir? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos. En cambio, éste no ha faltado en nada. 




A través de la confesión de su culpa ha llegado a la certidumbre de la inocencia del misterioso perdonador que tiene a su lado. «Nosotros hemos cometido crímenes dignos de castigo, pero éste es justo y le condenan igual que a nosotros: ¿por que le insultas? ¿No temes que Dios te castigue por haber humillado a un inocente?». 

Y recuerda lo que había oído contar de Jesús, pocas cosas, y para él poco claras. Pero sabe que ha hablado de un Reino de paz que él mismo presidirá, y que ha prometido venir al mundo como Rey al fin de los tiempos.



 Entonces, en un ímpetu de fe, como si invocase cierta comunidad entre la sangre que brota de sus manos criminales y la de aquellas manos del inocente, pronuncia una oración, cuya traducción exacta es la siguiente:

 —Jesús, acuérdate de mí, cuando vengas con tu majestad real. 

Hemos sufrido juntos, ¿no reconocerás al que estaba a tu lado en la cruz, al único que te ha defendido cuando todos te ofendían? Los judíos te matan, yo confieso tu inocencia; ellos esperan verte enterrado y olvidado, yo digo que ahora empiezas a reinar y que algún día volverás a este mundo como Rey triunfante; ellos te odian como a un malhechor, yo sólo te pido que te acuerdes de mí, porque sé que eres bueno. Jesús, acuérdate de mí en el día de tu gloria, aunque aún esté lejos aquel día, aunque tarde años y siglos en llegar. Yo estaré en la última fila, pues soy un malhechor justamente condenado a muerte, tú vendrás sobre las nubes del cielo, pero... estamos agonizando muy juntos. ¡Acuérdate de mí en aquel día! Esto me basta. 

¡Qué sublime la oración del primer arrepentido que muere pronunciando el nombre de Jesús! 



Su fe es impresionante, ve un sentenciado a la cruz, y cree: «Tú eres el Rey de los siglos.» Su esperanza es colosal: le pide un recuerdo, dispuesto a esperar contestación miles de años. 

Pero Jesús no se hace esperar. Y su respuesta no es solo instantánea, sino superabundante. No un recuerdo... ¡el Paraíso! No para dentro de miles de años.. ¡hoy mismo! Se lo dice volviendo hacia él la cabeza torturada a impulsos del amor que redime. 

—Hoy estarás conmigo en el Paraíso.

 Estas palabras nos ofrecen un nuevo autorretrato del Corazón de Jesucristo. No ofrece bienes de la tierra. ¿De que serviría al buen ladrón ser bajado de la cruz para andar durante algunos otros años por los caminos del mundo? 



Le promete la vida eterna, la felicidad verdadera, para empezar a gozarla ahora y con él.

  Aquel ladrón había robado. Había quitado a los ricos parte de su riqueza, tal vez robó también a los pobres. Pero Jesús ha tenido siempre por los pecadores, enfermos de una enfermedad más atroz que la del cuerpo, una compasión que no ha querido esconder. ¿No vino para buscar la oveja perdida? Un solo instante de verdadera contrición basta para que él perdone y abrace. El ruego del ladrón queda inmediatamente escuchado. 

Es el último convertido por Jesús en tiempo de su vida mortal. La Iglesia, fundada en aquella promesa de Cristo, lo ha recibido entre sus Santos con el nombre de Dimas. Gran motivo de esperanza para los pecadores, en cuyos oídos no dejan de resonar las palabras de Jesús:

 —¡Padre, perdónales...! 



— Pero también gran motivo de temor. Junto a Dimas estaba el mal ladrón. Los dos vieron lo mismo, los dos sufrieron lo mismo. Y ¡uno muere arrepentido, otro muere blasfemado! El misterio infinitamente respetable de la libertad del hombre en la gracia de Dios. 

Fuente: El Drama de Jesús. j.l. Martinez S J

martes, 3 de mayo de 2022

PROCESIÓN DEL LIGNUN CRUCIS DE VALLADOLID


A punto de comenzar la procesión



 

JESÚS CON LA CRUZ CAMINO DEL CALVARIO

   VIA CRUCIS, CAMINO DE LA CRUZ 





La muerte en cruz apareció entre los judíos durante la dominación de Roma. No se aplicaba a quien tuviese derecho de ciudadanía; sino a esclavos, a malhechores insignes, a sublevados contra el imperio.

 Era tan afrentoso este tormento, que Cicerón lo llama «el supremo suplicio de los esclavos». 


La cruz no solía ser muy grande. Bastaba que el crucificado quedase un poco levantado del suelo. Tenía varias formas, pero la más corriente era la cruz de dos maderos, tal como la vemos en los crucifijos. 

A la hora de ejecutar la sentencia, el poste, o palo vertical, estaba ya clavado en tierra. Cada reo era sometido a la atroz 399 tortura de transportar hasta allá, sobre sus espaldas, el travesaño horizontal, llamado patíbulo. 

Llegado al lugar del poste, era desnudado, echado encima del patíbulo, donde le sujetaban los brazos con clavos o con cuerdas. Luego lo izaban al poste, que ya tenía sitio preparado para sostener el patíbulo, y así quedaba formada la terrible cruz, la cruz de dos maderos, la cruz del hombre clavado a los dos maderos. 

Un taco pequeño llamado sedil, sujeto al mástil, y sobre el cual quedaba cabalgando el ajusticiado, le obligaba a mantener derecho el cuerpo. 

La tensión de los músculos, la congestión de la sangre en la cabeza, en los pulmones y en el corazón, la inexplicable angustia consiguiente a una posición violenta, una fiebre intensa sobre un lecho semejante, y una sed ardiente, torturaban al infeliz sin matarlo. 

Era una espantosa picota sobre la cual había tiempo de agotar toda la amargura de la muerte. Algunos morían de hambre, al cabo de tres o más días. 

En la mayor parte de los casos, hacíase necesario rematarlos, quebrándoles las piernas. Por eso, en los últimos tiempos, habían suprimido el taco que sostenía el cuerpo, para que, colgado de cuatro llagas, el crucificado muriese antes. 

Así, la muerte se hacía más rápida, pero la agonía era más dolorosa, 

Ninguna de las ignominias ni de los dolores de este atrocísimo suplicio se ahorraran a Jesús. 



Para justificar su conducta, envolviendo la ejecución de un inocente con la de dos criminales, ordenó Pilato que saliesen con Cristo otros dos reos sentenciados a muerte. Ellos salieron renegando contra aquel Nazareno cuya ejecución aceleraba la de ellos 


La procesión del primer Viernes Santo

 Salió de la Torre Antonia, donde estaba el Pretorio, hacia el monte Calvario, distante unos 700 metros. Solemos llamar a este trayecto Vía Crucis. Camino de la Cruz. Vía Dolorosa, Calle de la Amargura.




 Abría la marcha un Centurión a caballo, aquel a quien llamaron con trágica brevedad exactor mortis, el cobrador de la muerte. Seguía el pregonero trayendo en la mano el cartel en que 400 estaba escrita la causa de la condenación de Jesús, en hebreo, griego y latín: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos. 


Esta inscripción se clavará en lo alto de la cruz, y allí la leerán muchos judíos. Los príncipes la tomaran como una injuria que se les hace, después de haber proclamado que no tienen más rey que el Emperador de Roma. Por eso dirán a Pilato: 

—No escribas: «El Rey de los Judíos», sino: «Este ha dicho: Soy Rey de los Judíos, 

Mas Pilato, harto ya de tantas exigencias y gozándose de echarles en cara la clase de reyes que tenían, o persuadido de que el Nazareno era un ser superior a sus compatriotas, los despachará diciendo: 

—Lo escrito, escrito está.



 Y así quedara para todos los siglos el titulo de Rey clavado sobre el trono del dolor y del amor, sin que haya jamás fuerza humana capaz de arrancarlo. Dios lo quiere. 

Detrás del heraldo viene Jesús, y luego ambos ladrones. 

Dos filas de guerreros romanos custodian a los tres. Los precedía y los seguía una muchedumbre de curiosos, y mezclados entre ellos los príncipes de Israel, los fariseos, los doctores, los sacerdotes, los ancianos, ¡los vencedores del odiado Nazareno! 

Por estrechas y tortuosas calles camina lentamente la procesión. 



En todas partes se nota el griterío pacífico y el risueño jolgorio que precede a las grandes solemnidades populares. Mañana es el gran sábado de la Pascua judía. Todos se aprestan para la fiesta y un diluvio de luz se vuelca del sol oriental sobre las cuatro colinas 

En este ambiente de fiesta, en medio de este pueblo en fiesta, va pasando, pausada como un entierro, la comitiva lúgubre de los que llevan la cruz. Todos aguardan la noche para sentarse a la mesa familiar, y para ellos esta noche será la última. 


La gente se aparta ante el pisotear del caballo del Centurión y se detiene a mirar a los míseros que jadean y sudan bajo la temerosa carga. Los dos ladrones parecen más seguros; pero el primero, el Hombre de los Dolores, parece a cada paso no tener fuerza 401 para dar el siguiente. Extenuado por la terrible noche, por los cuatro interrogatorios, por las penosas andanzas, por las bofetadas, los palos y la flagelación; desfigurado por la hambre, el sudor, los salivazos y el esfuerzo de este último trabajo, no parece ya el joven animoso que días atrás había purificado el Templo a latigazos. 


Aquel rostro, siempre iluminado por la serenidad interior, aparece ahora deformado por contracciones que acusan la presencia de dolores insufrible. Los ojos, quemados por llanto contenido, se ocultan en las fosas de las órbitas. Las llagas de las espaldas, rozadas por los vestidos y por el patíbulo, prolongan el martirio de los azotes. Las piernas tiemblan bajo el peso del madero... «El espíritu está pronto, pero la carne es débil.» 




Desde la víspera, que había sido el principio de la agonía, ¡cuántos golpes habían herido aquellas carnes! El beso de Judas, la huída de los amigos, las ligaduras de las manos, las amenazas de los jueces, las injurias de los guardias, la cobardía de Pilato, los gritos de muerte, los ultrajes de los legionarios, y aquel ir con la cruz a cuestas entre las sonrisas y desprecios de aquellos a quienes ama. 




Según piadosas tradiciones, una mujer valiente, atravesando la fila de los lanceros romanos se acercó a Jesús con un lienzo blanco; le enjugó el rostro sudoroso, ensangrentado. Y como recompensa u obsequio de tanta piedad, de tanto amor, se llevó impresa la faz augusta de Jesús redentor en aquel mismo lienzo... ¡el lienzo de la Verónica! 





También la piadosa tradición refiere que Jesús, en aquel camino hacia el Calvario, cayó tres veces bajo el peso del patíbulo.  



Y el Evangelio nos dice que los ejecutores de la sentencia, temiendo tal vez que el Nazareno se les muriese antes de llegar al final, obligaron a un hombre, Simón de Cirene, que volvía de su granja, a llevar la cruz de Jesús detrás de él. Sabemos que dos hijos de este honrado campesino, Alejandro y Rufo, fueron cristianos; y es muy probable que él mismo los convirtiera a Cristo, al contarles la muerte de que fue obligado testigo, y aquella mirada de divina gratitud que Jesús le dirigió al sentirse aliviado del tremendo peso. 



También nos dice la tradición que en esta Calle de la Amargura la Virgen María salió al encuentro de su Hijo; tiernamente se miraron, como queriendo mutuamente consolarse; mas el martirio del Hijo aumentó el martirio de la Madre, y el dolor de la Madre se clavó en el Corazón del Hijo. 




Sumido en el silencio de los grandes dolores avanza Jesús, sintiendo en su alma la tragedia pavorosa del pueblo que a su alrededor curiosea y ríe y grita. Sólo una palabra suya pronunciada en este camino nos ha conservado el Evangelio: Las dirigió Jesús a un grupo de mujeres que le seguían llorando: 

—Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos. 

Y como razón de este llanto final, les predice el castigo que vendrá sobre la ciudad que lo arroja a morir fuera de sus murallas:



 —Porque llegará día en que dirán... a los montes: «desplomaos sobre nosotros», y a las colinas: «sepultadnos» porque si en el árbol florido se hace esto que veis, ¿qué no se hará en el árbol seco?


Fuente; El Drama de Jesús de J l Martinez. SJ

viernes, 29 de abril de 2022

¡ ECCE HOMO!!

¡MIRAD AL HOMBRE! 



Los soldados de Roma se han reunido burlones y crueles en torno a Jesús:

 —Ya que dicen los judíos que se proclama Rey, vamos a coronarlo —dice uno, trayendo una corona tejida con espinas y metiéndosela de golpe en la cabeza. 

Todos ríen y aceptan la ceremonia. Este ayuda a clavarle las espinas en las sienes, aquel busca una caña para que haga de cetro, el otro trae un manto viejo para echárselo a la espalda. 

Y mientras la cabeza del Rey siente un dolor acerado en las sienes, la frente y la nuca, y mientras por su rostro sereno corren gotas de roja sangre, ellos fingen reverenciarle.



 Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: —¡Salve, rey de los judíos! Luego le escupían; le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada le burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa.


 Los salivazos, la sangre, el sudor y el polvo de la estancia quieren ocultar la majestad y hermosura de aquellos ojos y aquella cara que los ángeles desean contemplar. Nada detiene la furia de los soldados, instigados sin duda ninguna por el mismo Satanás, eterno enemigo del Nazareno, pues ellos solos, ¿qué interés habían de tener en martirizarle tanto? 



Cuando aparece Pilato, se apartan los soldados, y queda Jesús expuesto a las miradas del Presidente, que debió de conmoverse ante aquella visión de dolor y mansedumbre. Tomó a Jesús, impuso silencio a los que hervían en la plaza, y gritó:

 —Mirad, os lo saco afuera para que sepáis que no encuentro en el ninguna culpa. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dice: —¡Ecce homo! ¡Aquí tenéis al hombre! 



Con estas palabras dijo más de lo que quiso, más de lo que supo. Quería decir Pilato: 

 —Mirad aquí al Hombre que me habéis traído como muy peligroso. Vedle deshecho, dejadle ir a su casa, que pronto morirá. 

Mas sus palabras significarán eternamente: Ecce Homo, mirad aquí al hombre: al Hombre perfecto, al Hombre a quien mira Dios, al Hombre a quien todos los hombres debemos mirar, al Hombre que nos hace mirar a Dios. 

Pero Piloto tenía ya perdida la batalla. 

Cuando los sacerdotes y sus guardias vieron cómo sacaba a Jesús, gritaron más:

 —¡Crucifícalo. crucifícalo! Pilato les dijo: —Lleváoslo vosotros, y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él.

 Entonces los judíos, como en último esfuerzo por sujetar la victoria que ya creen tocar con las manos, acuden al argumento que nunca hubieran querido emplear ante el romano: 



—Nosotros tenemos una ley; y según esta ley debe morir, porque se ha declarado Hijo de Dios. 

No dijeron esto al principio. Le acusaron únicamente de crímenes políticos ante el ateo Pilato, ellos que en su tribunal religioso le habían condenado por hacerse Hijo de Dios. 

Al fin, tienen que repetir esta acusación, pues ven que las demás no bastan. Así morirá Jesús como él quiere morir: como mártir de su divinidad. 

Por eso, ¡cómo yerran algunos revolucionarios modernos, cuando para cohonestar su propia conducta, escriben que Jesús fue sentenciado por revolucionario, por independentista frente a Roma, y que Pilato pronunció sentencia justa, cumpliendo fielmente su oficio de gobernador romano! Para desbaratar calumnia tan monstruosa, apelo a la frase repetida por el mismo Pilato:

 —Yo no encuentro ninguna culpa en este hombre. 

 Pero ahora, cuando oye decir a los judíos que Jesús se declara Hijo de Dios, teme encontrarse ante un ser de ascendencia misteriosa, le mira al rostro ensangrentado, y le pregunta: 

—¿De dónde eres tú?



 Jesús calla. ¿Qué va a decir al juez cobarde, que, reconociéndolo inocente, mando azotarlo con tanta crueldad? Este silencio ensoberbece al romano:

 —¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte y autoridad para libertarte?

 Esta arrogante afirmación es la sentencia condenatoria de Pilato. Tiene poder para libertar al inocente, y lo entrega a los enemigos; su falta es inexcusable. 

—No tendrías sobre mí poder ninguno, si no se te hubiese dado de arriba. 

Así le responde Jesús noblemente, invitándole a pensar que deberá rendir cuentas de su gobierno al Autor de todo poder. Pilato quería dejarlo libre; pero los príncipes se lanzan al supremo recurso, al ataque personal contra Pilato:

 —Si das libertad a ése, no eres amigo del Emperador. Porque todo el que se hace Rey, va contra el Emperador.

 El Presidente no puede resistir más. Se siente vencido. Es el tipo del hombre que no sabe lanzar un ¡no! rotundo al principio de la tentación y luego muerde su derrota, y se refugia en el miserable consuelo de insultar a sus vencedores. 



Pilato los insulta sentando a Jesús en su propio tribunal, como para decirles que tienen un rey de comedia, según nos sigue refiriendo San Juan:

 Pilato, entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman Enlosado (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua hacia el mediodía. Y dice Pilato a los judíos: Aquí tenéis a vuestro Rey. 398 Ellos gritaron: —¡Fuera, fuera: crucifícalo! Pilato les dice: —¿A vuestro rey voy a crucificar? Contestaron los Sumos Sacerdotes: —No tenemos más rey que el Emperador. 

Es la proclamación oficial de la apostasía de Israel. Hasta ahora era el pueblo de Dios, su Rey era el Señor. Hoy se entregan al poder de un extranjero. 

Viendo, pues, Pilato que no adelantaba nada, sino que iba creciendo el alboroto, pidió agua y lavóse las manos delante del pueblo, diciendo: —Ya soy inocente de la sangre de este justo; ¡allá vosotros! Y respondió todo el pueblo, diciendo: —Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. 




Estaba terminado el juicio. Ibis ad crucero, dijo en latín Pilato. empleando la fórmula oficial con que se decretaba el suplicio de la crucifixión, Irás a la cruz.