sábado, 24 de febrero de 2018

ÚLTIMA CENA, PRIMERA EUCARISTÍA

 SACRIFICIO Y SACERDOCIO


A las palabras: Esto es mi Cuerpo, añadió Jesús: entregado por vosotros. Y a las palabras: Esta es mi sangre, añadió. derramada por vosotros y por muchos pare remisión de los pecados. Un cuerpo entregado como Víctima. Una Sangre derramada en expiación.


He aquí palabras estrictamente sacrificales. Indican estas expresiones que la acción realizada por Jesús en aquel momento es un verdadero sacrificio, es la inmolación misteriosa, que antecede en algunas horas a su inmolación sangrienta en la Cruz.
 Hoy, Jueves Santo, ofrece el Santo Sacrificio en la Cena. Mañana, en la Cruz, ofrecerá el mismo sacrificio. Y una y otra vez lo ofrece «por vosotros, y por muchos, en remisión de los pecados».


Dijo también Jesús: Vosotros haced esto para acordaros de mí. Con estas palabras dio a sus Apóstoles el poder de convertir el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Inmolando así la misma Víctima Divina y ofreciendo el mismo Sacrificio que el acaba de ofrecer.


Y los Apóstoles transmitieron esta potestad a los Obispos, y éstos a sus sucesores y a los sacerdotes, que son los colaboradores del Obispo. Desde entonces se repite en nuestros altares el mismo Sacrificio de Jesucristo en la Cruz. Eso es la santa Misa. El mismo Sacrificio de la Cruz

Y es el mismo, porque el Sacerdote que lo ofrece es el mismo, es Cristo Sacerdote principal, mientras que el sacerdote que ven en el altar nuestros ojos es solamente sacerdote ministerial, que obra y habla allí, llevando la persona de Cristo.


 El Dios a quien se ofrece es el mismo. Los hombres por quienes se ofrece son los mismos. La Víctima que se ofrece es la misma, es el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, que aparecen en el altar separados, sacrificados, como separados quedaban en las víctimas que se degollaban en los sacrificios antiguos


. La única diferencia está en la manera de ofrecerse. En la Cruz se ofreció cruentamente; en la Misa, incruentemente, sin derramamiento de sangre. La misma escena que hubiéramos visto en el Calvario, el Viernes Santo a las tres de la tarde, tenemos ante nuestros ojos en la Santa Misa. Si tuviéramos más viva la fe no consideraríamos la Misa como una obligación que hay que cumplir, sino como el acto más sublime y consolador de todo el día.



 «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta lo último.» Habiéndonos amado a nosotros, a nosotros que somos los suyos, que estamos en este mundo, nos amo hasta lo último, hasta el exceso... Y porque nos amó hasta el exceso. se quedó con nosotros para siempre, nos alimenta con su Cuerpo y Sangre, se ofrece en Sacrificio por nuestra salvación. Jesucristo que se queda misteriosamente bajo las apariencias de un poco de pan, Jesucristo que me alimenta con su Cuerpo y Sangre. Jesucristo que se sacrifica por mí: esto es la Sagrada  Eucaristía. Misterio, Alimento, Sacrificio.

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  EXPANSIONES DEL CORAZÓN

Tiene Jesús a su alrededor los once amigos fieles, que no cesan de mirarle y de oírle, y sabe que muy pronto todos huirán acobardados. Va a despedirse de ellos; y las palabras con que lo hace —¡la última conversación del Nazareno con los suyos durante su vida mortal,— son un encanto de ternura familiar y de doctrina sublime.

 El amable discípulo San Juan bebió enamorado aquellas palabras del Señor. Las conservó toda su vida en la memoria. y al fin las copió en su Evangelio, inspirado por el Espíritu Santo.

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  —Hijitos —les dice al empezar—, ya poco tiempo estaré con vosotros; me buscaréis; pero, así como dije a los judíos que a donde yo voy no podéis venir vosotros, así también os lo digo a vosotros ahora.

  En seguida de anunciarles la despedida, y como para aprovechar ese poquito de tiempo que todavía estará con sus hijitos, les hace el encargo más deseado de su Corazón: —Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado para que también vosotros os améis mutuamente.

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 Aunque ya otras veces había dado el precepto de la caridad fraterna, ahora lo llama mandato nuevo, porque quiere que los cristianos nos amemos unos a otros como él nos ama. Y añade que él nos ama para que nosotros nos amemos unos a otros. Que cada cristiano, al ver al pobre, al pecador, al ofensor, al enemigo, al más despreciable, se anime a la misericordia, al perdón y a la caridad, diciendo: —Mi Señor Jesucristo amó tanto a este desgraciado, que murió por él. El le amó para que yo le ame.

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 Al oír que su Maestro se iba y que ya no podía estar con él, Pedro no se conforma con la separación, y le pregunta: —Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: —Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora; me acompañarás más tarde. Pedro replicó: —Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti. Sonriose tristemente el Salvador, que conocía lo futuro, y con suave ironía le dijo: —¿Darás tu vida por mí? Te aseguro, Pedro, que tú esta noche, antes de que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres... Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo.

Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te conviertas, da firmeza a tus hermanos.
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 Y aunque éste llegaría a jurar que no conocía a Jesús, seguiría creyendo en él. No sólo en Pedro, sino en los Once advierte Jesús expresiones de preocupación, de tristeza, por haberles dicho que se va. Quiere reanimarlos con la esperanza de aquella felicidad que será capaz de consolar a todos los que sufran: la esperanza del cielo.


Y así, les dice: —No perdáis la calma; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.
Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dice: —Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: —Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre.

Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto. Felipe le dice: —Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le replica: —Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Yo estoy en el Padre y el Padre en mí... El que me ve a mí, ve al Padre... Sólo un hombre puede hablar así: el Hombre que con sus obras ha probado que es Hijo de Dios. Por eso añade: —Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

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 Es su argumento: obras divinas tienen que proceder de naturaleza divina. Y como todos los cristianos que están unidos con él por la fe y la gracia participan de esa naturaleza divina, añade la magnífica promesa: —Os lo aseguro: el que cree en mí, también hará las obras que yo hago, y aun mayores. Porque yo me voy al Padre: y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.


 Dentro de poco el mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo vivo y vosotros viviréis. Ese día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. El que sabe mis mandamientos y los guarda, ése me ama; y al que me ama, le amará mi Padre, y le amaré yo, y me mostrare a él. Con claridad expresa lo que exige a quien le ama de verdad: «que cumpla mis mandamientos», y el premio que le prepara: «Yo mismo me mostrare a él.» 113.

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