lunes, 17 de abril de 2017

PRENDIMIENTO DE JESÚS

Tampoco ahora el desgraciado Iscariote se echó a los pies de quien hubiera llorado con él.




Temeroso tal vez de sus condiscípulos, se escabulló por el huerto. Ni un solo hombre de aquella chusma armada daba un paso para prender al Señor.
Entonces, Jesús, sabiendo todo lo que venia sobre él, se adelanta y les dice:

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 —¿A quién buscáis? Le contestaron: —A Jesús el Nazareno. Les dice Jesús: —Yo soy. Estaba también con ellos Judas el traidor. Al decirles «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: —¿A quién buscáis? Ellos dijeron: —A Jesús el Nazareno.

Jesús contestó: —Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos. 


Los Apóstoles, animados al ver la omnipotencia de su Maestro, le dijeron: —Señor, ¿heriremos con la espada? Simón Pedro no aguardo la respuesta. Impetuoso y vehemente como era, creyendo llegada la hora en que debía probar la fidelidad tan confiadamente jurada a su Maestro, extendió su mano, desenvaina su espada, y dando un golpe a un siervo del Príncipe de los sacerdotes, le cortó la oreja derecha. Malco se llamaba este siervo.

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 Entonces Jesús le dijo:
 —Mete tu espada en la vaina: porque todo el que hiere con espada, a espada morirá. ¿Acaso piensas que no puedo rogar a mi Padre, y me mandará al punto más de doce legiones de ángeles? Pero ¿el cáliz que me ha dado mi Padre no lo voy a beber? 

Y acercose al herido, le tocó la oreja y se la dejó sana. Bueno siempre, y siempre omnipotente, además de su gran caridad en curar a uno de sus enemigos, mostró su discreta prudencia. Porque de no haber cohibido públicamente a Pedro, y de no haber sanado a Marco, pudieran algunos después haberle acusado de esta agresión.

 Y Jesús quiere quitarles todo pretexto de acusación. ¡Ha de morir en absoluta inocencia, proclamada varias veces por el mismo juez que lo condenará a morir!


 En aquella hora dijo Jesús a los que habían venido contra él, príncipes de los sacerdotes, magistrados del Templo y ancianos:
 —Como a un ladrón habéis venido con espadas y palos a prenderme. Cada día estaba con vosotros enseñando en el Templo, y no me prendisteis. Pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas

Entonces la patrulla y el tribuno y los guardias de los judíos apresaron a Jesús, lo ataron, y le llevaron a casa del Príncipe de los Sacerdotes.

Todos sus discípulos, abandonándole, huyeron.


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