martes, 4 de abril de 2017

HUERTO DE LOS OLIVOS, EL BESO DE UN AMIGO

 — AMIGO, ¿A QUE HAS VENIDO?

Por tercera vez se levanta Jesús de la oración y se acerca a sus discípulos.

 —Dormid ya y reposad —les dice compadecido de ellos.

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Y él queda en pie, mientras ellos duermen. El los guarda como una madre guarda el sueño de sus hijos pequeños. El no está solo: «Mi Padre está conmigo.» Como el amante espera oír en la noche los pasos del amado, y esfuerza el oído, y aguza los ojos, así Jesús Nazareno aguarda y atiende,,,

Sabe que no tardarán. Los espera, va contento a morir por estos pobres amigos que se le han dormido y por los enemigos que no duermen.




Cada latido de su Corazón amantísimo es una aspiración porque llegue pronto la hora.
En el estupor de la noche, se levantan rumores más cercanos cada vez, y unos reflejos de luz rojiza aparecen y desaparecen temblando entre los arbustos que rodean el camino del huerto.



 La voz firme del Maestro despierta a los discípulos que le oyen espantados:
 —¡Basta! Ha llegado la hora. Levantaos, vamos: ya está ahí el que me va a entregar.

Abren los ojos, se incorporan, se levantan... ¡y se encuentran ante una turba, armada con palos, espadas, antorchas!..., ¡y al frente de todos ellos venía Judas!
 ¿Qué es esto? Los Apóstoles no se lo pueden explicar. Pero Jesús sabe que el traidor, entregado a Satanás, decidido a ganar cuanto antes las miserables monedas, había salido del Cenáculo y se había presentado los príncipes del Sanedrín y les había prometido entregarles esta misma noche al aborrecido Nazareno con tal de que le diesen gente armada.
 Pusieron a su disposición un buen pelotón de legionarios romanos y además unos cuantos de los servidores del Templo, los guardianes, los alguaciles, los porteros y barrenderos, convertidos en guerreros de ocasión.


Judas les había dicho: Aquel a quien yo besare, ése es, sujetadlo y llevadlo bien asegurado.

Y se acercó luego a Jesús, y le dijo: —Dios te guarde, Maestro. Y le besó.
¡Qué escalofríos sentirían ante este beso los ángeles del cielo, capaces de medir el escarnio sacrílego que aquella boca traidora infería en aquel rostro divino!

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 Y Jesús se deja besar. Y todavía quiere moverle al arrepentimiento.
Y del buen tesoro de su Corazón saca la palabra buena:
—Amigo, ¿a qué has venido? 

Amigo, no porque lo eres, sino porque lo has sido, y porque en cuanto de mí depende, lo puedes seguir siendo en adelante.
Amigo, no porque tú quieras serlo, sino porque yo quiero que lo seas para tu bien.
 Amigo, que vienes a perderme mientras yo voy a salvarte.

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 Amigo, ¿a qué vienes? Le llama con su nombre propio, como le llamaría cuando iban caminando por la dulce Galilea, y le pone delante la monstruosidad de su crimen:

 —Judas; ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?... 


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