lunes, 3 de abril de 2017

EL HUERTO DE LOS LIVOS, AGONIA



AGONÍA
 Los tres discípulos caminan a su lado, están cansados, medrosos. Miran al rostro de su querido Maestro pálidamente iluminado en la noche, y advierten en su dulzura unas señales de tristeza infinita, que las consignan en el Evangelio con palabras de creciente ansiedad. Jesús empezó a entristecerse, a sentir angustia, a llenarse de tedio, a quedar despavorido.



Y les dice entonces, como un amigo que quiere desahogarse con su amigo
: —Mi alma está triste hasta la muerte.

Expresión trágica, reveladora de un misterio asombroso e increíble: la tristeza de Dios, una tristeza tan intensa, que es «hasta la muerte», es capaz de dar la muerte a este Hombre-Dios, y él tiene que hacer un milagro para seguir viviendo y seguir sufriendo...

 Misterio tan sublime, que nos es imposible comprenderlo y nos debe bastar contemplarlo y admirarlo.

 Este Jesús Nazareno es el Hijo Unigénito de Dios, y a la vez que se abruma en la tristeza moral, insoportable, contempla a su Padre cara a cara y goza de su eterna felicidad.



Agonía de muerte y contemplación de bienaventuranza. Solo una verdad puede explicar este enigma. Me amó a mí y quiso sufrir por mí. Tomó Jesús mi tristeza para darme su alegría, y por mis pasos y caminos bajó hasta la tristeza de la muerte, para que yo por sus pasos y caminos fuese llevado al gozo de la vida Dijo después a sus discípulos:

 —Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora conmigo? Velad y orad para que no caigáis en la tentación.

El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Y ellos llevaron las manos a sus enturbiados ojos, y miraron a Jesús, y vieron que de nuevo se postraba en tierra y hacía oración como antes:

 —Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, hágase fu voluntad.

 Ya no pide que el Padre aparte el cáliz de sus labios, pide que se cumpla la voluntad del Padre.
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Y vino otra vez a sus discípulos, y los halló dormidos porque sus ojos estaban cargados, y no sabían qué responderle.
Y dejándolos de nuevo, se marchó y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras.

 —Padre mío, cúmplase tu voluntad... 

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Momento soberano en el dolor del mundo. Jesús Nazareno, el Hijo del hombre, tiene recogido en su Corazón todo lo que se ha sufrido y se sufre y se sufrirá.
Una palabra emplea el Evangelio para describir el grado de su oración: agonía...


Jesús suda sangre con tal abundancia que su rostro queda cubierto, y sus vestidos se empapan, y caen las gotas hasta la tierra...
El sudor de sangre es un fenómeno patológico que ocurre raramente en casos de terribles crisis morales, acompañadas de agotamiento físico.

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 En Jesús fue debido a un esfuerzo infinitamente generoso de sacrificio y de amor

¡Padre, cúmplase tu voluntad!

Y se le apareció un ángel del cielo que le confortaba. Le recordaría el número incontable de los que por él se habían de salvar, la gloria que estaba ganando para sus Santos, para su Madre Santísima, para su mismo Corazón. Jesús, Rey de los Ángeles, recibe los consuelos que su siervo le ofrece.
Y desde aquella noche, los cristianos sabemos orar en nuestras penas:

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