domingo, 26 de marzo de 2017

ULTIMA CENA, «LO QUE HACES, HAZLO PRONTO»



«LO QUE HACES, HAZLO PRONTO»


Con mirada escrutadora de las almas, ve Jesús el crimen horrendo de un escogido para la excelsa dignidad de Apóstol; ve su Pasión amarguísima, acelerada por este crimen; ve el suicidio desesperado de Judas.

 Entonces profundamente conmovido, dijo:

—Os aseguro que uno de vosotros me entregará.


 Los Once que le abandonarán esta noche en el Huerto, pero que jamás hubiesen pensado en venderlo por dinero, se estremecen ante esta noticia.

 Espantados se miran mutuamente, temiendo cada uno encontrar en el rostro del compañero la lividez acusadora del crimen.
Su conciencia de nada los remuerde, pero más se fían de la palabra de Jesús, y al fin pueden hablar, y uno tras uno, y «entristeciéndose mucho» porque mucho le aman, le preguntan:
 —Señor, ¿soy acaso yo? ¿Soy yo?
A modo de respuesta, Jesús repite la terrible profecía, ponderando toda la maldad encerrada en semejante traición:
 —Uno de vosotros, uno que está conmigo...

 Y en su deseo de llegar al corazón de Judas, anuncia el pavoroso castigo que le amenaza.

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 —El Hijo del hombre se va, según está decretado. Mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre será entregado! ¡Mas le valiera no haber nacido! ¡Mas le valiera no haber nacido!


Jamás pronunciaron los labios de Jesús otra sentencia igual.

 La ha merecido el primer reo del Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios. ¡El primer sacrílego! Jesús no quiere descubrirlo ante los demás, quiere llamarle a penitencia, pero el mal discípulo, hipócrita y soberbio, oculta su despecho bajo las apariencias de la sorpresa general, y pregunta también:
 —¿Soy yo acaso, Maestro?

Yo creo que su respiración estaría en suspenso aguardando la respuesta. Jesús le dice en voz baja:

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 —Tú lo has dicho: tú eres.

¡Y tampoco se echó entonces Judas al suelo, llorando a los pies de quien hubiera llorado con él!

 La fidelidad vehemente de Pedro no puede soportar el pensamiento de que este sentado en su misma mesa un traidor a Jesús.
 Quiere saber quién es.

 Uno de los discípulos, aquel a quien Jesús amaba —así nos cuenta sencillamente San Juan, que era ese discípulo—, estaba a la mesa, recostado a la derecha de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: —Señor, ¿quién es? ¡Dulce intimidad de amigo que quiere conocer la pena de su amigo para consolarle!

El Corazón de Jesús se conmovió agradecido ante aquella pregunta llena de amor, y en prueba de que aceptaba el consuelo ofrecido por el amado discípulo, le comunica su pena descubriéndole quién es el traidor

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Pero, siempre delicado, siempre noble, no quiere decirle el nombre, sino solamente darle una señal, para que así Juan entienda que a nadie lo debe descubrir. Le contestó Jesús:

 —Aquél a quien yo daré este trozo de pan untado.

 Y tomó un pedazo de pan, lo mojó en la salsa, y extendió la mano. Con qué emoción contenida miraría Juan la mano de Jesús para ver a quién de los Doce se acercaba...

Y se acercó a Judas, hijo de Simón lscariote, y le dio el pan.

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Esto fue para Judas un obsequio, una nueva delicadeza de Jesús. Para Juan fue el descubrimiento aterrador. Tenía al criminal frente e frente. Fijo en él sus ojos doloridos. Y la mirada penetrante del discípulo virgen vio no sé que en la cara del discípulo perverso.

Algún entrecejo de rabia, alguna agitación de espíritu, algún relámpago de infierno, porque setenta años más tarde, cuando ya anciano escribía Juan su Evangelio, se acordaba de aquella cara, y estampó esta frase: Tras el bocado, entró en él Satanás. Juan baja los ojos aterrados, queda en silencio.

Pedro sigue queriendo saber quién es el traidor. Judas se encuentra más intranquilo y más violento a cada instante que pasa.

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 Entonces, al ver Jesús que nada ha conseguido, quiere quedarse solo con los suyos, libre de quien le atormenta con sólo estar presente. Y le dice:

 —Lo que piensas hacer, hazlo pronto.

No era empujarlo al crimen. Era una nueva invitación. Era advertirle que lo sabía todo, y que si no quería arrepentirse, debía marchar de allí. Momento trágico en que Jesús despacha de su compañía al hombre que de ella se hizo indigno...

Y el desgraciado Judas estaba deseando ese momento.
Se levantó en seguida. Ninguno de los comensales entendió a qué se refería Jesús. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
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Juan le volvió a mirar. No dejó de mirarle hasta la salida. Y vio como Judas abría la puerta, y vio la oscuridad del fondo, y vio cómo se hundía en aquella oscuridad. Le impresionó tanto, que también lo apuntó en su Evangelio: Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Advertencia misteriosa del discípulo a quien amaba Jesús. Era de noche en el cielo, era de noche dentro de Judas. ¡Toda el alma de Judas era noche, porque voluntariamente se alejaba del sol y de la vida!

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Del libro El Drama de Jesús

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