viernes, 24 de marzo de 2017

LA CENA DE PASCUA

Llegó, pues, la Pascua, los días del culto a Dios y del cariño familiar.

 Jesús quiere celebrarla con sus amigos muy queridos: quiere beber el vino con ellos, antes de abrasarse de sed en la cruz, quiere reclinarse con ellos a la mesa, antes de ser puesto en la piedra del sepulcro. Llamó, pues, a dos de sus discípulos. Pedro y Juan, en la mañana del jueves, que era el primer día de los Panes sin levadura, y que iba a ser el primer Jueves Santo, y les dijo:


 —Id a la ciudad, y al entrar en ella, encontraréis a un hombre llevando un cántaro de agua. Seguidle hasta la casa en que entre, y allí diréis al dueño de ella: «El Maestro te dice: Mi tiempo está cerca: ¿dónde está el aposento en que he de comer la Pascua con mis discípulos?» Y él os enseñará en lo alto de la casa un comedor espacioso y alfombrado. Preparad allí.



No sabemos quién era este hombre del cántaro. Jesús conocía dese lejos su corazón y sabía que al oír el delicado mensaje del Maestro: «Mi tiempo esta próximo: llega el día de mi muerte», abriría su casa y ofrecería su estancia mejor. ¿Quién niega favor semejante a un moribundo, que por última vez quiere reunirse con sus amigos?

Llegan los discípulos a la ciudad, hallan al hombre del cántaro y todo lo preparan en la casa: el cordero asado, los panes sin levadura, las lechugas agrestes, el vino en un jarro, el agua caliente y la salsa roja, haroset, hecha con manzanas, higos y limones cocidos en vinagre y condimentados con canela.

Su color de ladrillo les recordaba la arcilla con que trabajaban en su esclavitud de Egipto y la libertad que el Señor les concedió. Sobre la mesa cubierta con lienzo blanco ponen los candelabros, los platos para los trece y una sola copa de la que todos habían de beber. Alrededor de la mesa, los divanes en que habían de reclinarse los convidados, conforme a la costumbre oriental. De nada se olvidan Pedro y Juan. Desde niños habían asistido a estos preparativos sagrados, siguiendo a sus madres con miradas de curiosidad y de alegría.verlos venir...



A la puesta del sol, llegan los otros diez con Jesús. Entran en silencio a celebrar devotamente la cena sagrada. Si supieran lo que en esta cena van a recibir... Tal vez recuerdan conmovidos la palabra que les dijera Jesús hace dos día: «Se celebrará la Pascua... Me crucificarán.»

 De pronto las grandes trompetas del Templo anuncian que ya es hora, y los trece se reclinan en sus puestos. Dos de ellos llevan en el alma una emoción mayor. Son los que van a morir pronto: Jesús Nazareno y Judas Iscariote. El Maestro y el Traidor.
El Hijo de la Virgen y el engendro de Satanás.


Judas ha cerrado ya su contrato. Lleva encima los treinta dineros y procura apretarlos bien para que no suenen. Quiere aparecer tranquilo, pero le tortura el pensamiento de que Jesús tal vez ya lo sabe todo. Y si no lo sabe, ¿por qué le mira con esa mirada penetrante y dolorida?
 Jesús aparece sereno. Su pena es interior y resignada

Recorre con sus ojos aquellos rostros que le rodean y lo miran.
 Son los Doce. Los amigos desde hace tres años. Con ellos ha comido muchas veces, con ellos ha sufrido el sol, con ellos ha descansado.
De pronto rompe el silencio y sin dejar de mirarlos, les dice una palabra que es un augusto retrato de la bondad de su Corazón y de la ternura de su amor:


—Con gran deseo he deseado celebrar esta Pascua con vosotros, antes de padecer...

LOS AMÓ HASTA LO ULTIMO

 Y lo que entonces ocurrió, nos lo cuenta San Juan, el discípulo a quien amaba Jesús, en una página que todavía conserva la sublime emoción que él mismo sintió al presenciarlo.

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

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Estaban cenando (ya el diablo había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara), y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavar los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

 Llega a Simón Pedro y éste le dice:

 —Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?
 Jesús le replicó: —Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.
 Pedro le dice:

—No me lavarás los pies jamás. Jesús le contestó: —Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.

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Simón Pedro le dice: —Señor, no sólo los pies; sino también las manos y la cabeza. Jesús le dice: —Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio.
 También vosotros estáis limpios, aunque no todos. (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».)

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: —¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «El Maestro» y «El Señor», y decís bien, porque lo soy.

 Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Ya que sabéis estas cosas, felices seréis si las cumplís.

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Como espina en el corazón clavada, siente Jesús la traición de Judas allí presente.
 ¡Cómo duele al Corazón generoso del Maestro la presencia del traidor! Le he lavado los pies como a los demás. Acaso con más cariño que a los demás. Acaso mientras le lavaba, procuró que su mirada serena se encontrase con las del traidor que nerviosamente las dirigía a otra parte. Le invitara de nuevo al arrepentimiento, y al ver que nada logra, tendrá que decirle que se marche: ¡Es demasiado santa la Primera Misa del mundo para que sea profanada por el aliento de un sacrílego!

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