jueves, 23 de marzo de 2017

ENTRADA DE JESÚS EN JERUSALÉN II



 Avanzan jubilosos hacia Jerusalén.

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 Muchísima gente hace el mismo camino en aquella espléndida mañana primaveral, de luz y alegría en el cielo intenso, de flores y de aromas en el campo, de amor ardiente en las miradas de los amigos.

Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén. Foto: Nuria Soler

 Y cuando conocieron que el que venía a caballo era el gran Maestro Jesús de Nazaret, el que por todas partes había pasado haciendo bien, muchísima gente tendía por el camino sus vestidos de colores vivos, para que sirvieran de alfombra al Rey que venía, en señal de vasallaje y gratitud.




 Otros cortaban ramos de los árboles y los esparcían por el camino.

Y cuando se acercaban a la bajada del monte de los Olivos (punto desde el que se domina plenamente la ciudad en un grandioso golpe de vista), toda la muchedumbre de discípulos, llenos de gozo, comenzaron a alabar a Dios en alta vez, por todas las maravillas que habían visto.


 Y la muchedumbre que iba delante y la que iba detrás gritaba diciendo: —¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en los cielos! ¡Hosanna y gloria en las alturas!
Cortan ramas de los árboles y gritan palabras del Salmo 118, palabras de oración de la liturgia de los peregrinos de Israel que en sus labios se convierten en una proclamación mesiánica: «¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (Mc 11,9s; cf. Sal 118,25s).


«¡Hosanna!». Originalmente, ésta era una expresión de súplica, como: «¡Ayúdanos!».

 En el séptimo día de la fiesta de las Tiendas, los sacerdotes, dando siete vueltas en torno al altar del incienso, la repetían monótonamente para implorar la lluvia. Pero, así como la fiesta de las Tiendas se transformó de fiesta de súplica en una fiesta de alegría, la súplica se convirtió cada vez más en una exclamación de júbilo (cf. Lohse, ThWNT, IX, p. 682).

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 La palabra había probablemente asumido también un sentido mesiánico ya en los tiempos de Jesús. Así, podemos reconocer en la exclamación «¡Hosanna!» una expresión de múltiples sentimientos, tanto de los peregrinos que venían con Jesús como de sus discípulos: una alabanza jubilosa a Dios en el momento de aquella entrada; la esperanza de que hubiera llegado la hora del Mesías, y al mismo tiempo la petición de que fuera instaurado de nuevo el reino de David y, con ello, el reinado de Dios sobre Israel

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